‘Todólogos’ a tutiplén

No es novedad ver en nuestro gremio a compañeros que lo pongan en duda todo. Que se burlen, se rían, caricaturicen al producto/personaje y se critique absolutamente todo lo que se ve, lee y escucha, que para eso estamos. La facilidad y gratuidad que proporciona una red social como Twitter o Facebook, con ese sinfín de hipervínculos que nos teletransportan hacia la variedad de imágenes, audios y textos, está hoy al alcance de la mano de cualquiera. Sí, y digo cualquiera. Un “todólogo” superlativo con mucho tiempo libre y muy poco que aportar, salvo que se pretenda, teledirigidamente, socavar y denigrar desde alguna esfera con cierto poder, tampoco un poder administrativo, sino con efectos sociales inmensos.

Precisamente, desde varios sectores de la docencia periodística, concretamente en aulas y despachos de quienes representan el mal llamado “elitismo periodístico”, es de donde se fomenta en ocasiones esa tendencia tan cainita. Primero, deberíamos diferenciar que, dentro de la comunicación, existe un amplio abanico y ramillete que lo conforman el entretenimiento, la ficción, la información y si me apuran, la teletienda/tarot, que no sabría dónde ubicarlo. Seguramente me deje más cajones y etiquetas.

A mí personalmente no me gusta –no quiere decir que no lo haya hecho alguna vez- poner en el ojo del huracán el trabajo de todo un equipo que, en ocasiones, tiene la cara visible de un presentador o de una cadena que no goce del cariño o el aplauso del receptor. El bloque técnico y no técnico que trabaja detrás de una marca no es merecedor de ciertas críticas desmesuradas que únicamente tienen la finalidad de humillar y hacerle sentir al emisor de ellas cierta supremacía ética y moral dentro de la praxis periodística.

Por poner un ejemplo televisivo: a todos nos gusta –y me incluyo, faltaría más- la evolución que ha experimentado el ‘Salvados’ de Jordi Évole desde su primera emisión. Una metamorfosis que significó para los consumidores de televisión, conocer el verdadero nombre de ‘El Follonero’, entre otras muchas más aportaciones, y que, efectivamente, detrás de esa provocadora sonrisa que paseaba por el graderío de los distintos programas de Buenafuente, se escondía un animal comunicativo de gran calibre que ha terminado por dignificar, a ojos de muchos escépticos, una profesión en un ámbito tan atractivo y peligroso como lo es la caja tonta.

Es aquí cuando comienzan a difuminarse ciertos límites y donde empieza la confusión. La televisión en contadas excepciones es periodismo. Y viceversa. No hace falta que diga que no todo aquel que aparece a ojos de los telespectadores es periodista o comunicador horneado en una facultad. Ahora la tendencia trata en hacer burla y reírse de todo lo ajeno, comentando la jugada públicamente, sin medir los efectos inmediatos que causan en internet. La actitud del profesional o profesor que va de listo y que se creer superior, que se ríe del otro periodista, menospreciando su trabajo. Yo los llamo los ‘todólogos’, aquellos que intentan dejar a otro compañero entre lo grotesco, gracioso y ridículo desde su atalaya purista, pero esa actitud solo reflejan celos, envidia, mediocridad y una desconexión total de lo que les rodea.

Esto es lo guay, lo cool. Lo moderno. Hay quienes creen entender sobre cómo hacer televisión y se pegan todo el día en casa en pijama con un iPad, un Smartphone o dispositivo móvil tuiteándolo todo, de sol a sol, sin pegar golpe, sin respeto y sin coraje, creyéndose los amos del Universo, los que más saben. Son los mismos que te dirán, cuando les venga bien y el cambio de tercio demande otro interés general, que todos los periodistas somos unos manipuladores o unos títeres a servicio del poder. Por desgracia, la humildad no es algo que se enseñe en ningún aula o en ninguna escuela y no es algo de lo que yo alardee, sino un concepto que hay que tener presente cada día en cada minuto, sin creerse más que nadie, queriendo aprender de todos y de todo, sea cual sea la situación y el momento. Cada vez me rodeo menos de quienes representan y hacen bandera de lo contrario, porque ni aportan y ni convencen. Simplemente huyo.

Por eso yo respeto a quienes no tiran de ego para sus grandilocuentes intervenciones, en distinto soporte y medio, e intentan aportar a la sociedad enferma en la que vivimos algo positivo y nuevo. Un contenido y continente fresco, no más de lo mismo bajo el prisma de las gafas trasnochadas de muchos.

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