Señales

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Discovery Max

Existen, pero solo para aquellos que tengan voluntad de querer interceptarlas y creer en ellas. Suelen ir y venir. A veces tienen un carácter profético, mientras que en la mayoría de las ocasiones aporrean tu puerta cuando no sueles estar en casa. Son así de impredecibles.

Hace unas semanas recibí una invitación para acudir al preestreno del último documental del periodista navarro David Beriain. Al colgar el teléfono me embargó una pereza increíble para acudir al acto e incluso en las idas y venidas de mi agenda mental, decliné mi asistencia a la sala de proyecciones. Me eché un rato y desperté justo una hora antes del inicio. Miré el reloj y eran las 19h. En un parpadeo comprendí que, haciendo un esfuerzo, podría llegar hasta la glorieta de Bilbao en 20 apurados minutos.

Durante mi solitario trayecto en metro me dio de nuevo tiempo para analizar el día, la semana y lo que quedaba de febrero. Todos los presentes en el vagón de la línea 10 apurábamos los últimos sorbos del último miércoles del mes. Aquel no había sido un buen día en el trabajo y terminé derrotado. El dislocado ritmo vertiginoso que ofrece a diario la montaña rusa televisiva me estaba volviendo a cargar y el piloto de las reservas que cada cual tiene en su sistema operativo suele encenderse de vez en cuando para avisarte sobre la necesidad de un descanso próximo.

Divagué un rato sobre el periodismo actual, también sobre el que hago en mi programa, o el que hice en un tiempo que parecía muy, muy lejano. Esbocé unas notas en mi cuaderno y mediante infantiles garabatos las señas dibujadas apuntaban hacia una dirección: el pasado. No falto lo idílico que tenemos en mente, ese periodismo tan pulcro que te meten en vena en la facultad, la muestra de la fragancia perfecta que hueles antes de atravesar el portal principal previo instante a ahuecar el ala y buscarte la vida entre las grandes empresas de la comunicación. Recordé con una media sonrisa y la mirada postrada en el infinito de los raíles esas vibrantes clases en las que te hablaban sobre el entusiasmo, la vitalidad, la acción de servicio público de la profesión, las nuevas tecnologías o ese futuro que ya estaba aquí cambiándolo todo de arriba a abajo… Nostálgico a más no poder, me entristeció no poder volver a sentir todo aquel cóctel emocional y enfilé la calle hasta las puertas del cine.

Llegué a la conclusión de que me estaba funcionarizando a mis 27 años. Y eso es lo peor que le puede ocurrir a un periodista. La búsqueda continua de retos en el gremio es lo que alimenta nuestro espíritu y mantiene más iluminada que nunca la llama de esta magnífica vocación. Fueron dos palabras: “contar historias”. Sentí el hormigueo y el calor en la boca del estómago, eso mismo que sentías cuando de niño se acercaba la Nochebuena.

Musitando las últimas reflexiones, esperé un rato antes de entrar y opté por esconderme entre el medio millar de asistentes bien engalanados que, ansiosos ante el estreno, comenzaron a atravesar el acceso a la sala. De pronto escuché un alboroto y el ruido de los flashes que apuntaban hacia una misma dirección: el photocall del evento que quedaba instalado en mitad del recibidor. La muchedumbre se arremolinó frente al cordón de seguridad que le separaba de la improvisada alfombra roja y tiraron de Smartphone para inmortalizar un momento de su vida con el famoso que posaba a unos metros del foco.

Todos posaron de forma mecánica, como si llevasen toda una vida haciéndolo. Mirada, pose y morritos hacia una cámara. Sonrisa, guiño y taconeo hacia otra. Era coreográfico, ensayado mil veces. Desfilaron varios de los personajes más mediáticos del país y todos repetían una y otra vez la misma danza ante las peticiones de la docena de cámaras. Ahora los cuellos volvieron a girarse hacia la entrada al hall. Se arrancaron unos tímidos aplausos que se saldaron en una ovación muy cerrada hacia una pareja que surcaba el umbral de gente que aguardaba impaciente su llegada. Era él.

Nos llevaron hasta las dos butacas reservadas y no sin antes un discurso previo de agradecimiento lógico, comenzó el documental ‘Amazonas: el camino de la cocaína’ con el que tanto me habían avasallado en los últimos días. “Demasiada expectativa”, murmullé a mi acompañante. “Ya veremos”, me contestaron.

No pretendo spoilear el contenido de unos de los trabajos periodísticos más impactantes que he visto en mi vida, así que optaré por no estropear el contenido a quien lea estas líneas y dejaré intactas las geniales y enormes expectativas que deja este filme. La calidad periodística roza la perfección, la esencia, la que te atrapa desde el inicio de los créditos hasta el fundido a negro después de 90 minutos. Inmenso, sublime. No dejas de vibrar con cada fragmento y personaje, con el ritmo al que te somete la narración en off de David Beriain. Llegas a cuestionarte si lo que ves es tan bueno o es simplemente ficción, hasta que atas cabos y juntas piezas, y optas por la primera de las opciones. Beriain te presiona, te pone contra la pared y te hace sentir el frío de la cruda realidad que azota a varios remotos enclaves de la ruta de la cocaína en Sudamérica. Te contagia de la pasión con la que late su corazón increíblemente humano e irracional. Un tipo se juega su vida no una vez, sino varias a lo largo de la película para contarte una historia, para hacer arte. Para dignificar la profesión del periodista cuenta historias.

No conozco a David Beriain y no escondo que desde hace semanas lo tengo en un pedestal todavía más alto del que lo tenía tras escucharle hace años en una charla en la facultad. Al terminar la sesión y entre los aplausos que gustosamente iban dejándonos más sordos de lo que estamos, él, delante de todas las caras conocidas y poderosos de la industria y el gremio, optó por coger el micro y saludar a los suyos, a sus amigos de la cuadrilla que no faltaron a la increíble cita del protagonista del día.

Yo, extasiado y casi en shock, fui de los últimos en dejar de aplaudir con unas manos al borde del estado en carne viva. Aquella hora y media me hizo regresar a la idea original de por qué me metí en esto. No para tener estabilidad, ni para hacerme rico o famoso. La idea es contar historias, buenas historias. Rememoré las añoradas clases de Periodismo Literario de 4º o aquellas largas tardes escribiendo nuestras primitivas columnas de opinión para Josean en 3º.

Mientras languidecía en aquella nebulosa nostálgica en el interior de mi cabeza, alguien en la lejanía nos agitó bruscamente el brazo para que nos acercásemos con avidez al cordón humano que rodeaba a Beriain y a los suyos. Entregado como soy a mis causas, llegué hasta él y nos presentaron. Más allá de las abrumadoras enhorabuenas y saludos que él recibió por el colosal trabajo realizado, fui directo al grano y le solté a bocajarro: “gracias por dignificar la profesión del periodismo y por obsequiarnos con este regalo. Gracias de corazón. No pensaba venir y esto me ha dado la vida. Gracias”. Estreché su mano con fuerza y mantuve el contacto visual. Noté en su mirada el impacto de mis palabras y Beriain, humilde y cercano, optó por decirme que aquello “era trabajo de todos”, no solo suyo. El lógico baño de masas continuó y nosotros nos abrimos paso entre la multitud que paulatinamente iba abandonando el recinto.

Comprendí la mesiánica señal de aquella tarde-noche. Soy de los que se queda siempre con la primera sensación y si algo me dice que su significado es tal, yo me lo creo. Algo quiso que, después de un tiempo cuestionando –yo me lo cuestiono todo- el momento y el porvenir de mi situación profesional, acudiera al visionado del documental. Han pasado semanas y he preferido durante todo este tiempo dejar reposar la idea de escribir un texto pelotero hacia el autor. He optado por amortiguar el impacto de mis emociones, no sin antes ordenar en el viejo archivo que todos tenemos en nuestro interior, un sinfín de ideas y anhelos que se habían ido traspapelando con el paso del tiempo y que me estaban zombificando, anestesiando ante tanta información.

Ahora y más que nunca tengo claro por qué me metí en este fregado, en esta infinita misión tan atropellada y excitante que le hace a uno vibrar con cada palabra. Imaginé a un joven David Beriain, alumno de Periodismo, entre el hormigón de las aulas de Fcom, maquinando su futuro, trazando cada línea de sus planes, perfilando una sonrisa mientras se imaginaba en unos cuantos años haciendo lo que le apasionaba. Comprendí que hasta que no deposites tu pasión y tu corazón en tu trabajo, tu sensación de plenitud jamás se verá realizada.

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