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Algo que me deja un poco frío, porque en el fondo el ser humano siempre ha sido así, es el poco intelecto general, la poca lectura, la poca reflexión… en definitiva, lo que cuesta esfuerzo, lo que se suple de inmediato por ideas en las que no hace falta mucho brío: lo global siempre por encima del individuo, las ideas que en ocasiones no se sabe ni de dónde surgen, la tergiversación de las cosas para conseguir un ideal cuando, seguramente, esta gente -de cualquier extremo-, nunca las hace y demuestra un tremendo fracaso individual como seres humanos. Los más grandes seres humanos, los más grandiosos pensadores, artistas y creadores han sido seres bondadosos, siempre. Con el afán de hacer algo bueno por la humanidad. Equivocándose o no, pero con esa meta. Pero para ser un tipo genial, para traspasar las indómitas redes de lo que engancha la masa, hay que ser individuo, y eso no es nada fácil. Eso sí que es una pelea. Ser individuo, pensar por encima de corrientes que parecen influir a muchos, tener una visión panorámica de lo que ves, poseer unos valores firmes e insobornables –valores, no ideología- por ninguna idea de estas tan abstractas que contentan a los ignorantes, por eso atraen tanto en una vida vacía.

Por eso yo no comulgo con ideologías o partidos, me caen todos igual de mal. Persiguen lo mismo, el control de la masa y de su dinero y para ello se adornan de ideas que les permitan pensar en grandes verdades que suelen ser grandes mentiras, para dejar de cultivarse, de aprender, de formarse como individuos con criterio propio. “¿Criterio propio? ¿Eso qué es?” -te dirán los políticos. Los más abertzales y los más derechistas, los más centristas y los más socialistas. “No hombre, no, tú a comulgar con lo que digamos nosotros, si no, no eres de los nuestros”, y el individuo, el que molesta siempre, no suele tragar con ruedas de molino, hace lo que piensa y puede estar de acuerdo con todos o con ninguno, pero no es esclavo de ninguna idea. Hace lo que cree. La masa es una entidad perfectamente distinguible. El dejarse llevar, el pensar como el entorno, el abrazar sin reflexión lo que te legaron tus padres o tus amigos, el considerar siempre bueno y acertado lo tuyo y siempre equivocado el resto. En la Alemania Nazi o en los gudaris, en todo, la masa necesita de los otros, de los muchos, para alimentarse, para ser fuerte, para, en el fondo, suplir la terrible consciencia de que por uno mismo no se es nada. La masa absorbe y aniquila el pensamiento individual, eso sí que es peligroso, te dirán qué comer, qué leer, qué pensar, qué gritar y qué belleza admirar.

Solo con la fe insobornable del individuo, de la persona que cree en lo que hace, no solo por un sentimiento místico, sino porque cree que en lo profundo de esas cosas, hay una forma de arte, de creación, de motivar buenos momentos a uno mismo y a los demás. Es el camino difícil, qué duda cabe. Todos esos sentimientos, esos escalofríos, esos momentos de esplendor ante lo genial, son completamente distintos, alejados de los barrotes de la masa. Integrarse en lo más hondo de la masa te hará probablemente sentirte siempre mejor, superior. Miembro de una raza privilegiada, pero el individuo es consciente a veces de su soledad, de su fragilidad, de sus ideas cambiantes, incluso de sus decepciones, pero es un espíritu libre, y eso no es comparable a nada.

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