Manzanas podridas

Tiene Joaquín Sabina una canción no tan popular como las que acostumbra en su catálogo, una historia que escuché hará unos 10 años en casa de mi tío: ‘Mi amigo Satán’. Un himno. Mi tío, ante mi incipiente interés por el cantautor ubetense, comenzó a instruirme con la discografía ‘oculta’ de Sabina. Puso sobre la mesa el LP de ‘Malas Compañías’, uno de sus primeros grandes éxitos.

Me comentó que la canción hablaba sobre una hipotética visita que había tenido Sabina, una cita en la que se topó al maligno, al mismísimo Lucifer. En aquel sueño, Satán intentaba convencer al músico sobre su existencia, su obra y su legado, valiéndose de las artimañas más simples que uno puede llegar a conocer. Hubo una frase que me llamó la atención y que me cautivó durante mucho, mucho tiempo: “…como todo vencido, conocí el exilio, la calumnia, el odio y la humillación”. Quedó grabada a fuego de por vida.

Es triste imaginar que, años más tarde, cuando ahora oigo este fragmento, lo primero que me viene a la cabeza sea una película que contiene varios ‘frames’ del 2013, todos ellos vistos desde unas gafas y un filtro muy diferentes. Ahora toca valorar lo acontecido en los últimos 12 meses, con mesura y más sosiego, por eso no lo hice el 31 de diciembre a última hora y mal. Todo tiene un tiempo.

Llevo meses sin escribir nada. Y me cuesta. Lo estoy notando. Siento cómo mis dedos pesan más de la cuenta sobre el teclado y que mis neuronas están como cuando uno viene del verano de su vida y se dispone a participar en el primer entrenamiento de la pretemporada. Sin ritmo, torpe y desganado. No ha sido un buen año, no se parece una mierda al genial 2012, el curso en el que todos parecíamos querernos como nunca antes lo habíamos hecho. En 2013 me ha tocado conocer a gente de todo tipo. A sufrir y padecer la peor cara de personas con un rostro demasiado largo, duro y granulado.

Pero no voy a entrar en detalles y tampoco voy a darle ningún tipo de protagonismo a nadie. Únicamente voy a sacar una conclusión, una moraleja que me deja este último año: evitar a la gente tóxica. Se entiende por gente tóxica: quienes te dicen que una cosa no se puede llegar a hacer, quienes te dicen que algo es imposible, que una meta queda demasiado lejos, que un edificio es muy alto como para escalarlo en invierno, que esto es un ‘periódico’ local y no la SER, quienes viven de los grandes éxitos de tercero y cuarto de carrera, quienes intentan seguir viviendo de los sobresalientes que sacaban en el instituto, las manzanas podridas caníbales del cesto, las pijiprogres envidiosas, aquellos que siguen viviendo en 2005, los puristas, los puretas que dan lecciones de buen periodismo, el inventor de la Beca Pie, los correveydiles, los periquitos bipolares, los caseros de puño cerrado, los rancios, los oscuros, los cotillas enlacados, la del pijama, la del Hatortxu, el de Estella, los del prohibido hablar… ufff, ¡y tantos otros más!

2013 ha sido el bautismo de fuego, la prueba definitiva. Donde se ve de lo que es capaz el ser humano por la codicia, por conseguir lo que anhela y por destruir lo que ya tiene. La falacia, las malas artes, el ansia de poder o el malmeter. Qué de ingredientes… parece que me acabo de colar en cierto polígono.

Lo bueno cuesta. Lo bueno tarda. Lo mejor está siempre por llegar. No ha sido fácil, hay mucho Satán suelto por el camino que siempre va a intentar poner en duda lo que se hace, torpedear tu camino y la forma en cómo se consiguen alcanzar las metas. Siempre se considerará a Fulanito o a Menganito mejor. Siempre habrá uno que se lo merezca más. Siempre se quedará alguien por el camino lamiéndose las heridas y maldiciendo tu suerte. Siempre quedarán las cenas de clase para despellejar a quien le va bien. Siempre habrá alguien que mira hacia otro lado en lugar de poner las cosas claras. Siempre habrá ególatras que cuentan su vida en Twitter sin que a nadie nos importe. Siempre habrá psicópatas tecleando en la otra habitación. Siempre le vendrá grande algo a alguien. Siempre hará frío ahí fuera.

Volviendo a la frase de Sabina… en esta casa no nos consideramos vencidos, ni estamos exiliados, aunque nos calumnien (o besen), nos odien (o extrañen) y nos quieran humillar (o admirar, realmente). Yo, si me encontrase al otro lado, como me he encontrado durante más de un año, me preguntaría: ¿qué quiero? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué lucho? ¿Cuál es mi meta? ¿Sé contestar a todas estas preguntas? ¡Sí! Adelante. Pero siempre es mejor echarle la culpa al de al lado, menospreciarlo, restarle importancia a lo que tiene, menguar la habilidad, castrar lo que nos diferencia de lo que podamos considerar como éxito. Aplaudir al mediocre, someter al débil, alardear de logros de papel de fumar… Prefiero blindarme de positivismo, y no contagiarme de lo gris y mediocre, del conformismo. No quiero ser un anestesiado más, un cloroformado, que diría alguno. No ser rebaño tiene un precio. Ser individuo acarrea una factura. Elegir otro camino algo más largo en lugar del por el que todos caminan contiene un peaje algo más caro. Soltar lastres duele. Soltar amarras… todavía más.

No esperéis que la masa os aplauda cuando os desmarquéis de “lo normal”. No penséis que “lo normal” es que las cosas vayan extraordinariamente bien. Lo que antes era “lo normal” ahora es “lo anormal”. Y viceversa.

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