Héroe de cartón piedra

Finalizó la teleconfesión de Lance Armstrong ante millones de espectadores. Oprah sabe lo que se hace. Desde siempre. Al exciclista le abonarán una generosa cuantía económica por sus lacrimógenas declaraciones. Yo me hago varias preguntas: ¿Hubiera revelado algo el bueno de Lance de no ser untado por la productora? ¿Confesaría el exheptacampeón del Tour de Francia si no hubiese sido acusado por los tantos y tantos que le tienen ganas? Todo forma parte del show. ¿Cómo creer a un tipo que lleva tantos años mintiendo? ¿Y por qué hacerlo ahora?

El mito de Lance Armstrong queda definitivamente desmontado, desenmascarado ante la opinión pública. El resultado de toda la ecuación deja al de Austin como la mayor mentira en la historia del deporte. Pero me quiero centrar en la entrevista, una vez vistas las 2 partes que componen el total de ella. En la primera mitad, vemos a Armstrong distante y lejano, con una pasmosa tranquilidad. Básicamente, admite todos los cargos, pero alega que se chutaba porque “todos lo hacían”, ya que era la cultura que impregnaba al pelotón, al parecer. Lo que no aclara son los métodos, las formas, la técnica evasiva que utilizó para no ser cazado en ninguno de sus controles, tan solo facilita un dato, el único claro; el del cambio de fechas en un frasco. La conversación que mantienen Armstrong y Oprah, además de estar calculada al milímetro en cada una de las intervenciones de Lance, medida para el gancho de la audiencia, resulta poco creíble y decepcionante, ya que todos esperábamos más, algo acorde con la suma que se embolsó el tejano.

Además de sus logros deportivos, cabe recordar que Lance Armstrong creó una fundación para ayudar en la lucha contra el cáncer, la misma enfermedad que padeció a mediados de los noventa y de la que salió ileso tras recibir por parte del equipo médico un 40% de probabilidades de seguir con vida. Lance dice que lo más duro no es el escarnio público, al que por cierto, deja sometidos a los suyos, sino la “sugerencia” que le hace la directiva de Livestrong para abandonar su cargo. Esa deshonestidad, filtrada a través de sus poros, enjabonada con lágrimas y azufre lo convierte en una caricatura, en otro producto televisivo. En un títere. Lance dominó con puño de hierro el pelotón durante sus años dorados, pero ahora no tiene nada ni nadie que lo defienda, ni tan siquiera su hijo Luke, quien debió pulsar el botón de la vergüenza el día que defendió públicamente a su padre en el colegio.

Lance Armstrong será acusado de perjurio, después de haber mentido bajo juramento. Irá a la cárcel, no mucho tiempo. Ha sido desposeído de todos sus triunfos y victorias y ahora debe reembolsar toda la cuantía económica que obtuvo en base a los logros cosechados desde 1999 a 2005. La humillación, descrédito y deshonra no solo perseguirá hasta el fin de sus días al exciclista, sino a toda su familia. A sus hijos, quienes serán señalados y marcados en el futuro por ser hijos de la mayor estafa del deporte mundial, de la mentira más grande jamás contada. “Se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Esta célebre cita acuñada por Abraham Lincoln describe perfectamente la caída del mito de Lance Armstrong, la bajada del olimpo de quien en su día creímos invencible (él también). Ya solo le queda pedir perdón a quienes fueron sus gregarios, escuderos y compañeros, a quienes intimidó como un abusón amenaza a un chaval en el patio de un colegio para robarle el bocadillo. A quienes presionó, coaccionó y mintió. A quienes falló. Lance Armstrong, prisionero de sus actos y palabras. También de sus demonios, de sus mentiras. De su ego.

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