Chernobil 2047 d.C.

Han pasado 61 años desde una de las mayores catástrofes de toda la historia de la humanidad. La explosión del reactor nuclear de Chernobyl. Hoy, en el año 2047, la raza humana ha quedado completamente reducida al 10% de la población real. Nosotros somos lo poco que queda del ser humano, pero no lo único. En la colonia de supervivientes de Prypiat solemos dosificar los alimentos y las horas de higiene. Sabemos que no nos queda para mucho, por eso la prioridad son la decena de niños que rodean la aldea. Puede que nuestra ciudad suene a todo el mundo puesto que sufrió la peor catástrofe de la historia de la energía nuclear en aquel 26 de abril de hace casi 61 años, cuando se produjo la explosión del reactor número 4 de la Central Nuclear de Chernobyl, el cual emitió 500 veces más radiación que la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima en la Segunda Guerra Mundial de 1945, por lo que la ciudad se vio afectada por la radiación y debió ser evacuada. La evacuación fue llevada a cabo en tan solo tres horas por el ejército soviético, la mayoría de los habitantes fueron evacuados de sus casas para protegerlos de la tremenda radiación, y tanto los animales domésticos como los de ganado debieron ser sacrificados para evitar el contagio genético en sus retoños.

Mi chabola queda en el ala este del poblado, a unos 4 Km. de la ciudad fantasma, Prypiat. Desde mi ventana se pueden contemplar los últimos restos abandonados y superados por el recorrido infatigable de los años y de la naturaleza. Columpios que tan sólo los balancea la brisa y que chillan de izquierda a derecha sin sentido. Puedo distinguir a los coches que han sido absorbidos sin piedad por el rodillo de la naturaleza, oxidados y carcomidos por fuera que esperan ser puestos en marcha por última vez, aunque creo que no correrán esa suerte. Mi nombre es Sergei y tengo 39 años. Vivo solo, no tengo a nadie. Perdí a toda mi familia cuando el sarcófago que blindaba la zona infectada fue profanado por el ejército norteamericano. Con el paso del tiempo, el sarcófago construido en torno al reactor 4 justo después del accidente se fue degradando por el efecto de la radiación, el calor y el desgaste generado por los materiales contenidos, hasta el punto de estallar y exterminar a casi toda la humanidad. En aquel marzo de 2040, el FBI y la CIA, en colaboración conjunta, acordaron traspasar la línea de la muerte nuclear para revisar el ataúd nuclear y así recuperar las zonas eliminadas. Grave error. Al abrir la capa, las primeras acciones radiactivas tomaron color. En un radio de 300 kilómetros, la corrosiva y mortal radiación se expandió a la velocidad de la luz y por el camino aniquiló a todo ser vivo. Nadie supo controlar aquello y tras abrir la caja de Pandora, el caos se apoderó de la humanidad. En cuestión de horas, todo lo que acariciara la radiación quedaba exterminado y eliminado del mapa.

Yo trabajaba en el laboratorio privado de Prypiat, y aquella mañana nos tocó extraer el combustible del primer reactor de la antigua fábrica. Pudimos salvarnos por llevar trajes antirradiación y por estar trabajando en un búnker totalmente aislado del exterior. Al salir, las doce personas que formábamos el equipo técnico, fuimos objetos del más puro pánico tras observar que no quedaba nadie. Desde 2040 se llevaron a cabo los proyectos de preparación para la construcción de un sarcófago nuevo, cuya construcción había sido empezado a finales de año. La construcción de éste sarcófago en forma de arca permitía aislar los problemas de escape de materiales tóxicos y radiactivos desde Chernobyl durante por lo menos un siglo.

Investigadores, científicos y policías que custodiaban la zona de exclusión quedaron reducidos a la nada. Hoy en día, ciudad fantasma es un museo, tiene cantidad de edificios, dentro de los cuales hemos podido contemplar –en busca de comida- fotografías, juguetes de niños, ropa y otros objetos que fueron abandonados antes de tiempo. Al mismo tiempo, los restaurantes, hospitales, escuelas y parques abandonados reflejan la mayor soledad de la raza humana. Debido al inexistente mantenimiento de las construcciones, dentro de ellas el moho, los hongos y las plantas se han desarrollado gracias a la humedad causada al derretirse la nieve de invierno. La naturaleza ha podido sobreponerse a la construcción humana con el paso de los años. Ha vuelto a reinar.

Hoy, la única esperanza que nos queda es poder lograr el contacto con algún otro aliento que pulule por el planeta, un alma que traiga bajo el brazo un rayo de esperanza. Mi compañero de módulo, Mikhail, perdió las dos piernas tras una extraña mutación venenosa y quedó inválido de por vida. Apenas hablamos, nos limitamos a vivir el día a día, a contar las jornadas, a mirar por la ventana la carretera para ver nuevas pisadas sobre la nieve. Nuestras fotos son el único recuerdo del que nadie nos puede sacar. Mikhail era un prestigioso científico del Kremlin, donde trabajaba desde los veinticuatro años. Fue el número uno de su promoción y gracias a ello, hoy trabaja por una vacuna o antivirus para poder salvar nuestra alimentación, nuestro combustible diario, pero los medios son muy limitados y cree que morirá antes de encontrar una solución a todo esto.

No nos queda mucho aquí. Las provisiones son escasas y la ridícula higiene que nos rodea nos va comiendo poco a poco. Apenas tenemos agua y los ríos que rodean el perímetro de la ciudad están totalmente contaminados. Ni animales, ni flora, ni vegetación… nada. Nos alimentamos de productos que quedaron bloqueados en bolsitas o baúles de precaución. Toca volver a empezar.

La ambición y avaricia que absorbió al ser humano fue una enfermedad terminal que acabó por destruir a todo ser viviente. Toda una lástima que nadie pudiera parar aquello y que efectivamente, el propósito del hombre fue dejar huella en este planeta. Acabamos pagando un precio muy alto. Así fue. El día que todos nosotros dejemos de existir y que otro nuevo Cosmos irrumpa en el espacio, la única estampa, lo único que quedará de todas las civilizaciones humanas de miles y miles de años será el sarcófago y la radiación de Chernobyl. Misión cumplida.

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